Por Virginia Vidal
Pura sonrisa, puros ojos y cabellera azulada se imponen en Graciela Huinao, esta mujer discreta que ya es conocida en el extranjero por sus poemas, pero que sólo ahora publica su primer libro. Leo y releo Walinto y siento que es la primera vez que conozco un libro de una poetisa de nuestros pueblos originarios. Me asombra esta escritura donde es tan intensa la atmósfera poética, donde la vida y la muerte se hermanan, donde los antepasados se sienten vivos y activos en toda su trascendencia. Estos poemas que se presentan en castellano y mapuzungun son fruto de una larga elaboración. Mejor dicho, son la trasposición al verso de una vida con todas sus raíces.
Hace años que la conozco. En la Casa del Escritor, desde algún asiento me asalta su saludo cordial. Graciela Huinao es huilliche (gente del sur), pero su padre desciende del único sobreviviente chono o kawashkar de una isla austral. Así de simple. Engendrado por Adolfo Huinao que fue salvado por su madre cuando le mataron al padre y al hermano. La desdichada no llevó nada consigo, tan solo a su niño, se embarcó en su canoa, se hizo a la mar y navegó, navegó rumbo al norte, mientras volaban los cientos de gansos que ella criaba y ahora dejaba en su isla abandonada para siempre Mi abuelo cuando contaba la historia, decía que él veía los gansos abriendo y cerrando las alas sobre su cabeza.
“La marginalidad del sur es temible -dice Graciela-: cuando fui por primera vez al colegio, supe que era mapuche. Antes no lo sabía. Me sentía niña, no más. Me decían: “india” Ni siquiera mapuche, sino “india, fea y negra, chola” Yo sabía que eso decían las niñas porque eso escuchan de sus padres, porque en sus casas hablan así. Yo tenía una abundante cabellera negra y me la peinaban en dos moños pesados. Entonces, me decían “la dos moños” y se burlaban de mí. Ese pelo me hacía sufrir. Tenía unos veinticinco años cuando fui por primera vez en mi vida donde un peluquero. Ese hombre me desató el moño y se quedó admirado de mi pelo. Entonces echó las horquillas al basurero y me ordenó: “Desde hoy, lo usas suelto”. Nunca sabrá ese peluquero el bien que me hizo”.
¿Cómo era tu vida familiar?
No puedo imaginar dicha mayor. La infancia más feliz. Era la menor de cuatro hermanos y me cuidaban y mimaban. Mi padre, Dolorindo Huinao Loi, fue agricultor y después obrero molinero. Trabajó en el molino por treinta y ocho años. Nunca se volvió a casar cuando quedó viudo. Un día le pregunté por qué. Me dijo sin muchas palabras: “No habría soportado que una mujer te pegara”. Mi madre, Herminia Alarcón, murió de un ataque al corazón cuando yo tenía trece años.
¿Era mapuche?
También. En realidad su apellido no debía ser Alarcón sino Chaura, pues su padre era Juan Chaura. Pero cuando a éste lo llevaron marrado en la leva para el servicio militar obligatorio, le cambiaron el nombre. Su país era la cordillera, pero se sintió transportado a otro país, desconocido. Tal vez, sería Valdivia. Contaba con mucha gracia que formaron a todos los mapuches y un cabo dibujaba penosamente las letras con un carbón, mientras les preguntaba el nombre, a uno por uno. ¿Cómo te llamas?
Juan Chaura. -No sé escribir ese nombre, muy difícil.
El cabo miró a la pared donde había un calendario que decía: “Almacén Alarcón”. -¿Ves? Alarcón es bonito. Así te voy a poner... Y les puso Alarcón a todos los que no les podía escribir el apellido... Chaura quiere decir flor. Y como una flor era mi abuelo de hermoso y delicado. Chaura Cahuin era el nombre de toda esa tierra que ahora se conoce como Osorno. Significa: “Fiesta de las Flores” y los antiguos cuentan que antes, mucho antes de que llegaran los invasores, cada año se cubría la tierra de mantos de flores y se hacían las fiestas más hermosas y las mujeres se ponían flores en el pelo, flores blancas, flores de color.
¿Por qué tu libro se llama Walinto?
Quiere decir rastrojo de maíz y es el nombre de mi comunidad. Allí nací yo. Allí nació mi padre. Su madre, mi abuela era la dueña de esa tierra. A su vez, su madre era la dueña de esa tierra. Mi abuela era Almerinda Loi Catrilaf y me amaba. Tenía una imaginación portentosa y hacía hablar a los animales. También me daba sus trenzas para que yo me columpiara en ellas y cuando mi padre lo descubrió, nos regañó muchísimo. Pienso que mi infancia fue tan mágica y ellos me la dieron. Me contaban cuentos. Desde semilla empecé a oír cuentos, porque mi madre se los contaba a mis hermanos cuando me estaba esperando. Crecí en un mundo encantado y cuando ella me hablaba del camahueto que vivía en los ríos, yo lo veía caminando y distinguía los colores y forma que ella describía. Nunca he podido olvidar cuando estaba atrasada para ir a la escuela y mi madre soplaba cada cucharada de sopa para que yo no me quemara y comiera antes de irme. Cuando murió mi madre, seguí estudiando y por primera vez, hube de preocuparme de los quehaceres domésticos. Cometía muchos errores, pero mi padre todo lo comprendía y no me regañó jamás. Terminé el liceo, la enseñanza media, y no pude seguir estudiando. Murió mi padre, se nos vino encima la miseria. Partí a trabajar a Santiago con unos patrones.
¿Cómo te fue?
Algo espantoso. A los quince días me arranqué. Me hacían trabajar sin parar. Levantarme a las cinco de la mañana y acostarme a las once de la noche. Tenía las plantas de los pies llenas de ampollas. Nunca he parado de trabajar. No le he hecho asco a ninguna tarea. He cuidado niños he cuidado enfermos, he pasado trabajos en limpio. Y escribo y corrijo mucho. Me he sobrepuesto a la timidez. Antes me costaba hablar, tenía las ideas, los argumentos muy claros, pero las palabras se me iban hacia adentro. De pronto, la personalidad escondida asomó y se enfrentó a la realidad y abrió los ojos.
¿Cuándo empezaste a escribir
Creo que siempre. He dedicado un poema a mi profesor Hernán Triviño, un profesor de campo, fue el primero que me estimuló. Él valoraba a los niños. Él nos enseñó que todos somos iguales. Desde muy niña fui acumulando cuadernos que no abandonaba jamás. Los llevaba en un bolso. Eran muy secretos. Pero un día mi hermana me los descubrió y estábamos sentados a la mesa cuando leyó en voz alta un poema mío, de amor. Yo tenía una vergüenza espantosa. Mi padre sólo dijo: “Bien. Ese cuaderno es de Graciela, no tienes por qué tenerlo tú”. En un viaje, se incendió el vagón. Yo ayudé a sacar a los niños del tren y cuando pasó el amago, descubrí que me habían robado mi bolso. Perdí todos mis poemas de infancia y juventud. Sé que no eran buenos, muy descriptivos, sin oficio ni sacrificio, pero correspondían a mis emociones más íntimas. No me frustré con la pérdida y seguí escribiendo. Cuando estaba recién llegada del sur, en Viña del Mar, una gitana muy vieja me vio la suerte. Miró mis palmas y dijo: “Veo poesía en tus manos. Tienes que sacarla. Está en las líneas”. Sentí frío y me dio miedo.
Escribes en mapuzungun?
No. Tengo una maestra que es muy importante, doña Clara Antinao Varas. Ella me asesora. Todo poeta mapuche necesita una asesoría. La versificación en nuestra lengua es muy compleja, sus leyes son completamente distintas a las leyes de la versificación castellana. Como es una lengua aglutinante, una sola palabra puede corresponder a un verso entero. La riqueza de vocabulario es enorme. Tanto como oír la lengua. Cuando nuestro pueblo la habla, el lenguaje poético fluye natural, así los hablantes provengan de los más inhóspitos lugares. Por esos lados, ellos hablan solos, mejor dicho, hablan con la cordillera, hablan con los árboles, con los animales. Es una herencia. Me gusta ir a la feria libre de Osorno y juntarme con los huilliche, oír su habla, su sonido, su canto, algo musical que quiero captar: sé cuando es del norte, más pleno y seco. O es como una ola, sube y baja. Fuera del verso, escribo cuentos, relatos diversos. También quiero aprender más mi lengua. Esto es una dedicación de la vida. Quisiera traducir narraciones muy hermosas, algo de lo que me transmitieron mis antepasados.
¿Cómo percibes la situación actual?
Tengo muy claros mis ideales, mis inclinaciones, mis puntos de vista en relación con los problemas que afectan al país, pero mi objetivo es la poesía. Aspiro a una poesía universal que llegue a todos. No me estanco en el solo huequito. Pienso que mi pueblo trasciende en mi poesía, que con ella puede esparcirse. Pretendo mostrarlo como lo que éramos antes: sin fronteras. Debo ir más allá.
Si no fueras poetisa, ¿qué te gustaría ser?
Curandera.
(03.12.200. Publicado en Punto Final)
Graciela Huinao nació en Rahue, Osorno, mestiza de selknam, mapuche y otras etnias.
14 de octubre de 1956
En 1998 Cecilia Vicuña la incluyó en su antología publicada en Pittsburg, USA, titulada UI, Tour Mapuche poets, junto a Elicura Chihuailaf, Leonel Lienlaf, Lorenzo Aillapán, Pedro Aguilera Milla, Jaime Huenún, José Ancán, Victorio Pronao.
Obras publicadas:
La Loika (1980);
La nieta del brujo (1985);
Walinto (2005)
Los Gansos Dicen Adiós
(A mi abuelo, Adolfo Huinao)
En los ojos de mi abuelo Williche
navegaba el miedo.
Tan sólo al morir apagó ese brillo tímido.
Lo que la naturaleza no pudo
apagar en mi memoria,
el color de archipiélago
agarrado en su rostro.
Abuelo, para serte fiel
no recuerdo el día exacto.
Sólo veo a los gansos
abriendo y cerrando
sus alas por la pampa.
Mi corto andar, abuelo
no entendió
el origen de tus palabras.
Anciano como eras
me alzaste del suelo
y de tu boca nació la muerte
desembarcando en tu playa.
Tu padre y tu hermano
remaron al sacrificio
mientras su madre y mi abuelo
alcanzaron la orilla del hambre.
No hubo eco en la montaña,
fueron calladas tus palabras.
Pero mi niñez asustada
se acurrucó al alero de sus años.
Abracé la pena de tus ojos
y juntos miramos la pampa:
una isla con sus gansos
en los ojos de mi abuelo se quedó
en la última mirada.
Abuelo, hoy sé
nunca fuiste Williche;
tu origen Chono o Kawaskar
no subió al bote
el día que robaron tu tierra y tu raíz.
Ahora entiendo
la pena de tus ojos.
De tu origen navegando
en el gran cementerio
del Pacífico Sur.
(Amulelafin tañi laku, AdolfoHuinao)
Tañi williche laku ge mew
kentxayküley llükan.
Lalu wüla chogümnagümi feychi llükan aychüf.
Chemkün pepi
chogümnolu tami konümpawe mew,
lafken tañi pu wapi afünka
nüwkülelu ñi age mew.
Laku kollatunoaeyew
konümpalan chi txoy antü.
Kanzu müten penefin
gülamekel ka txapümekel
ñi pu müpü lelfün püle.
Tañi püchü tuwülün txekan, laku
kimtukulay
chew llegün tami pu nemül.
Füchalewewyekelu ta eymi
witxampüramen mapu mew
fey tami wün mew llegüy ta lan
anümüwpulu tami ina lafken mew.
Tami chaw ka tami peñi
kawenigü az kutxankawün püle petu tañi ñuke ka iñche tañi laku
zipufigü chi inafül güñun.
Gelay kemzulla mawüzantü mew ga,
ñüküf nagümmageymi tami nemül.
Welu iñche tañi llükalechi püchü mogen
famtukuluwpuy tañi pu txipantüñi chelkon mew.
Mafülüfin tami pu ge ñi weñag
fey txaftu azkintufiyu lelfün:
kiñe wapi tañi pu kanzu egü
tañi laku ñi ge mew mülewey
inan leliwülün mew.
Laku, fachantü kimtun
chumkawnorume williche gekelaymi;
tami chono küpankam kawaskar
püralay tagi mew
feychi antü weñeymagepalu tami mapu ka tami folil.
Tüfa wüla ke kimtukufin
tami pu ge ñi weñag.
Tami rüpalwe kentxaykülelu
chi Pacífico Sur ñi
fütxa eltun mew.
Traducción de Clara Antinao. |